Las mil y una dietas

Nuestros abuelos se alimentaban a partir de productos locales y de cercanía que obtenían de forma tradicional y según las condiciones climáticas de cada estación. Este estilo de vida saludable y su patrón alimentario se llamó «dieta mediterránea» y, en 2013, fue nombrado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Desde entonces, se recomienda en toda Europa y América por su efecto para prevenir las enfermedades crónicas. Sin embargo, en las últimas décadas, han llegado multitud de dietas nuevas que están compitiendo en popularidad con la mediterránea. Entre estas, encontramos la dieta nueva nórdica, la dieta vegetariana, la dieta del grupo sanguíneo o la dieta paleolítica. Pero ¿cuál es la más saludable de todas?, ¿cuál debemos seguir? Con estas cuestiones libran cada día los nutricionistas.

Inicialmente existían tantas formas de dieta como lugares habitaba el ser humano, pues, desde que abandonamos nuestra cuna africana (hace 40.000 años), nos hemos visto obligados a consumir las plantas y animales que componían cada hábitat nuevo. Posteriormente tuvo lugar la mayor revolución alimentaria de la historia: la agricultura y la ganadería (hace unos 10.000 años). Esto acabó con la necesidad de perseguir presas y buscar frutos como nómadas para asentarnos en un territorio donde más tarde surgiría la civilización. El siguiente gran cambio fue el uso de la tecnología en la producción de alimentos y la posterior creación de la industria alimentaria. Desde ese momento y hasta hoy, los países desarrollados producimos y consumimos más alimentos de los que necesitamos. En pocos siglos, hemos cruzado del hambre al banquete diario, sometiendo a nuestro cuerpo a un exceso de energía que jamás se podía haber esperado. A día de hoy y conociendo esta trayectoria, la ciencia aspira al diseño de una dieta personalizada que se ajuste a las necesidades de cada persona en cada etapa de su vida. Hasta entonces, la mejor opción que tenemos es escoger bien los alimentos y distribuirlos de forma equilibrada.

Se ha observado que las dietas basadas en verduras y frutas, con una ingesta frecuente de agua, con raciones limitadas de cereales integrales, frutos grasos (oliva, aguacate, nueces, etc.), pescados y carnes garantizan un mejor estado de salud. En este grupo, entrarían la dieta mediterránea, la atlántica, la nueva nórdica y la japonesa. Por otro lado, encontramos dietas que siguen corrientes filosóficas, como la dieta vegetariana, la crudívora o la macrobiótica. Estas restringen el consumo de ciertos alimentos por motivos morales o religiosos, pudiendo causar déficits nutricionales si no se llevan a cabo con rigor. A estas se les ha sumado con fuerza la dieta paleolítica y, su forma más sofisticada, la dieta ancestral. Estas sostienen que nuestro cuerpo está diseñado para tomar aquellos alimentos que consumían nuestros ancestros, escogiendo sólo aquellos que se asemejan a la dieta del cazador-recolector (como verduras, frutos, raíces, carnes y pescados) y rechazando aquellos surgidos de la civilización (cereales y harinas refinadas, lácteos, bollería, azúcar, sal, alcohol, grasas trans, etc.). Mientras tanto no logramos librarnos del peso de las dietas milagros y de la publicidad que le hacen celebridades como deportistas, modelos, artistas e, incluso, médicos. En este grupo de dietas, encontramos aquellas a base de batidos saciantes, la dieta Dukan, la Atkins, la disociada o la dieta según el grupo sanguíneo.

Para llevar una dieta equilibrada dentro de este desorden alimentario y no perder la cabeza, primero, debemos ser conscientes de que no existe una sola dieta saludable. La dieta ha de ajustarse a las necesidades energéticas individuales, además de contar con alimentos de cercanía y de temporada. Por ejemplo, un hombre alto tiene otros requerimientos que una mujer baja, y los de ambos serán cubiertos por distintos alimentos en enero y en agosto. Lo segundo es que debemos atender únicamente al consejo de un especialista (principalmente nutricionista) y jamás de un conocido. También pueden seguirse las guías dietéticas que elaboran las sociedades internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización de las Naciones Unidas por la Alimentación (FAO) o la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA); las que elaboran organizaciones nacionales como la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC) o la Agencia Española de Consumo y Seguridad Alimentaria (AECOSAN); o de carácter regional como el Colegio de Dietistas y Nutricionistas de Andalucía (CODINAN). Sus pautas coinciden en una dieta de base vegetal, con el agua como bebida principal, que alterna los alimentos proteicos, usa aceite de oliva como grasa principal, limita los alimentos procesados y da prioridad al consumo local, de temporada y ecológico. Si aun siguiendo estas guías se sufriesen enfermedades derivadas de la alimentación como sobrepeso, diabetes, hipertensión, anemia o malestar gastrointestinal, entre otras, sería aconsejable acudir al médico y, si es posible, a un nutricionista.

Por lo tanto, no existe una dieta ideal que garantice la salud de todas las personas que la practican. Está en nuestra naturaleza adaptarnos a los alimentos que podemos obtener de nuestro entorno y este está continuamente cambiando. Sí existen estilos de dietas como la mediterránea y la atlántica, que muestran ser saludables por su alta ingesta de agua, vegetales, frutos integrales y alimentos frescos. Por su parte, las organizaciones de la salud estudian las características comunes de estas dietas y elaboran guías para la población general. Sin embargo, necesitamos ajustar sus recomendaciones a nuestras condiciones físicas, culturales y territoriales y, de no ser suficiente, sería aconsejable acudir a un médico o a un nutricionista. Seguir cualquier otra dieta por cuestiones filosóficas, de tendencia o por someternos a una pérdida de peso milagrosa puede poner gravemente en riesgo nuestra salud. Esta es la evidencia de la que disponemos hasta hoy. A medida que la investigación avance, se irán resolviendo los enigmas de la alimentación humana y estaremos más cerca de una alimentación personalizada al alcance de todos.

Ángel Pangusión Jarava, nutricionista

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