Jugando con la brisa, Málaga

 

No recuerdo muy bien si era a sotavento o barlovento, de lo que sí estoy seguro es que la brisa era caprichosa y no le importaba el límite de las 20 millas y mucho menos si el paso peatonal estaba libre o no.

Los barquitos iban y volvían al albur del viento, entre las datileras, sin mirar al vendedor de helados, que recorría el rebalaje, por si amainaba y la gente entraba en calor. Aunque era mediados de mayo, el poniente venía tan fresco que parecía más bien febrerillo el loco, cuando los días aún son tan cortos que no da tiempo a que los caliente el sol.

Acababa de llegar del cementerio inglés, donde habían montado un mercadillo variopinto, entre tumba y tumba. Al lado de un puesto con cristal y botellas antiguas estaba el de la miel de abeja, el de los vestiditos de gitana y los mausoleos de los ingleses.

Los vendedores, en su mayoría de color, lo tomaban con una calma infinita. Entre el bocadillo, la botella de cerveza y la tumba de Geoffrey Herbert (Q. E. P. D.), esperaban vender algo al público, tan sorprendidos por el espectáculo que vi comprar a muy pocos.

Una pena, la consorte no estaba por disfrutar de la belleza surrealista, en medio de un cementerio, y dimos de mano antes de lo que me hubiese gustado.

Para acabar la mañana, nos fuimos a la feria del libro, en el mismísimo puerto de Málaga, donde había echado el ojo a un libro precioso del gran fotógrafo Pedro Ruiz Troyano y me compré el de Casares, una maravilla.

Expresiones.

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