En defensa der Prinzipito

O más correctamente, «Er Prinçipito», pues recientemente sus autores, ligados a la Zoziedá pal Ehtudio’el Andalú, han reformado su propuesta ortográfica (que describen como «una huntaera de ideas que ha ido evolucionando poco a poco»).

La versión en andalûh del clásico de Antoine de Saint-Exupéry fue una de las grandes sorpresas editoriales del año pasado. Ninguno de los involucrados puede alegar que no se lo esperaba. Lo que sí pudo traerles por sorpresa es lo rápido que la controversia se trasladó a los estereotipos regionales que los españoles disfrutamos nutriendo desde que tenemos regiones. Pronto quedó claro que publicar un libro en andalûh era entendido como un atentado contra la insigne lengua castellana. De parte, por cierto, de una panda de vagos subvencionados maleantes chistosos capillitas gitanos catetos comunistas.

La paradoja es que Er Prinzipito no pretendía ser un libro en la lengua de los finolis que moran al norte de Precipitacanes; de hecho, se alejaba conscientemente de ésta hasta extremos un tanto artificiosos. Si uno escribe un libro en castellano y lo rellena de préstamos de otras hablas sin venir al caso ni al argumento, los otros se reservan el derecho a cuestionar ese castellano. Si en lugar de escribir «un poco» escribe continuamente «una mica», el lector menos familiarizado con la catalana lengua — Déu le perdone— arqueará las cejas. En un libro en catalán, la inversa sería tanto o (seguramente) más grave. Todo depende de las reglas de juego.

Avatar de la página de Facebook Er Prinçipito Andalûh, glosada «¡Linçe andalûh, olibo, trahe bandolero y peineta rebuerta!».

Publicar un libro consiste en reunir una serie de caracteres de acuerdo a una regla sobre un soporte de papel. Lo del papel es discutible hoy en día, e incluso lo de la regla tiene excepciones: en España se han publicado varias ediciones del Manuscrito Voynich, un tratado del siglo XV en una lengua aún por descifrar, que por suerte disfruta de unas enigmáticas ilustraciones para mantener la atención sobre páginas y páginas de signos impenetrables. No sabemos si éstos conforman una lengua real o son un simple galimatías. Más difícil de localizar es el Codex Seraphinianus, la enciclopedia de un mundo fantástico escrita por el arquitecto italiano Luigi Serafini en el lenguaje de ese mundo, aún por traducir al del nuestro. En cambio, hemos perdido la cuenta de cuántas ediciones van ya de la Rayuela de Julio Cortázar, que a ratos patina sobre un idioma «gíglico» sólo conocido por su autor. Incluso ha habido españoles que han hecho el esfuerzo de traducir el «Jabberwocky» de Lewis Carroll, incluido en Alicia a través del espejo, probablemente el poema ininteligible más famoso del mundo.

Todas estas formas pueden adoptar los caracteres reproducidos o tipografiados en las imprentas del Reino de España, por no hablar de reproducciones de textos en jeroglífico cretense o idioma protoíndico (ambos por descifrar). Sin embargo, cuando esos mismos caracteres adoptan la forma de aquello que han dado en llamar andalûh, provocan un escándalo inmediato. No importa si ese presunto andalûh es una lengua real o imaginaria, sublime o patética, o que su ortografía sea más compleja y enrevesada para la mayoría de los andaluces que el castellano relativamente estándar en el que suelen escribir. Es lícito el esfuerzo de traducir los sinsentidos ingleses de Lewis Carroll o Edward Lear a sinsentidos castellanos, o reproducir los trazos irreconocibles del Manuscrito Voynich, pero no construir algo que tiene un sentido y una coherencia precisamente porque ha dejado de ser castellano. Si, enfrentados a su desconcertante ortografía, nos dijeran que se trata de rumano (una lengua de raíz latina), lo miraríamos con simpatía, pues entenderlo nos aproxima a un país lejano; si nos dicen que es andalûh, o español de Andalucía dotado de una ortografía separada, entonces entenderlo duele. Más nos valdría que fuera rumano.

El Imperio español lleva mal las pérdidas, porque sabe que tiene tendencia al duelo crónico. Que los rencores le duran siglos. Perdió tantas colonias tan pronto y tan de golpe que quedó traumatizado de por vida, y ahora tiembla ante la idea de perder no ya una lengua, no ya un dialecto, sino un habla o incluso un acento, que es el grado más bajo de diferenciación lingüística, sólo un poco por encima de una garganta irritada o una nariz taponada.

Y en esto no hay pueblo celtíbero que se libre. Porque a menudo, cuando se trata de valorar el andalûh, poco importa que seas profesor titulado en euskera y techado con txapela, o consumidor ávido de butifarras y esteladas: eres un mesetarian. El adjetivo más grácil que eres capaz de localizar, si te presionan las circunstancias, es el de «simpático». Y eso si no llevas ninguna copita encima.

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