Cuestionando ese «choque de civilizaciones»

Por Emilio Ciprés Núñez

 

Seguramente el lector haya oído hablar de ese llamado «choque de civilizaciones» que iba a producirse a lo largo de este siglo y que, desde hace unas décadas, viene marcando la praxis en la política internacional de países tan relevantes como Estados Unidos. Este choque deriva de una división del mundo en forma de civilizaciones y de que, del contacto entre estas, se producirían los principales conflictos de nuestro tiempo.

En respuesta a esta lucha entre civilizaciones, se habló de la llamada «Alianza de Civilizaciones», que defendió a lo largo de su legislatura el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero y, aunque a día de hoy esos años nos quedan muy lejanos, el expresidente sigue defendiendo en diversas conferencias y foros internacionales la importancia de la concordia y de la paz entre distintas culturas, así como la trascendencia de la educación para evitar los conflictos. No vamos a cuestionar la intencionalidad del expresidente ni a decir que sea un error defender el entendimiento entre las personas, pero sí creo que el concepto mismo de civilización es tan sumamente ambiguo que deja de tener un sentido utilitario y que, por tanto, deberíamos hablar en otros términos teóricos y conceptuales para defender la paz internacional. Para seguir hablando de esto, veo esencial remitirnos a uno de los pensadores que mejor habló y que más defendió esta idea de las civilizaciones y, por consiguiente, que más nos habló de ese futuro choque que se produciría a lo largo del siglo XXI.

Este autor fue Samuel P. Huntington y llegó a ser profesor de Ciencias Políticas en el Eaton College y Director del Instituto John M. Olin de Estudios Estratégicos de la Universidad de Harvard. Era un autor reconocido por sus trabajos en torno a los conflictos del mundo futuro y sus ideas siguen estableciendo un marco de referencia para muchos autores que trabajan temas relacionados con la política internacional.

El artículo con el que arrancó todo este paradigma fue «The Clash of Civilizations» y fue publicado en 1993, generando un gran debate en su época debido a la forma en la que entendía que iban a desarrollarse las relaciones internacionales a raíz de la caída de la Unión Soviética. El artículo en cuestión fue publicado en la revista Foreign Affairs, en relación al proyecto «Cambios en el entorno de seguridad e intereses nacionales estadounidenses» y fue relacionado con la visión expresada por Francis Fukuyama en su trabajo «El fin de la Historia y el último hombre», en el que se señalaba que la historia iba a dejar de caracterizarse por el conflicto entre ideologías, pues a partir de ese momento habría capitalismo hasta el fin de los tiempos.

El artículo tuvo amplia difusión en su momento y planteó una respuesta a la problemática surgida tras la caída del Bloque Soviético en la década de los años noventa: ¿cómo iban a desarrollarse las nuevas relaciones internacionales? Si el paradigma comunista había caído, había que buscar una explicación que no apelara a la teoría de la confrontración ideológica entre los dos antiguos bloques; por ello, el autor responde a esta pregunta estableciendo que el nuevo paradigma, el que establecería el devenir político del futuro, sería la cultura en su sentido más amplio:

«La hipótesis de este artículo es que la principal fuente de conflicto en un nuevo mundo no será fundamentalmente ideológica ni económica. El carácter tanto de las grandes divisiones de la humanidad como de la fuente dominante de conflicto será cultural». (Huntington, 1993, p. 22)

Esta línea de pensamiento fue muy criticada y en esta línea nos situamos, sin ningún género de duda, debido a que estimo que más que plantear una división objetiva del mundo en una clave cultural, lo que realizó Huntington, y otros que le siguieron, fue una estructura basada en las concepciones previas que poseían; es decir, más que dividir el mundo en una clave cultural basada en las características, lo hacen en una de prejuicios. Posiblemente a causa de que resulta imposible dividir el mundo en esa clave. Por ello, lo más interesante a la hora de ver su trabajo es que, a través de él, podemos ver qué clase de imagen tienen algunos intelectuales norteamericanos sobre una u otra región del mundo porque, dependiendo de esa idea previa, sabremos por qué dividen de una manera u otra el mapamundi. En última instancia, para Huntington, no es importante lo que se piensa o se cree en una determinada parte del mundo, sino la imagen que desde Estados Unidos se proyecta hacia otros espacios, creándose de esta manera categorías como Oriente u Occidente; no hay, por tanto, un intento real por ver si esas diferencias culturales son tan relevantes.

Antes de proseguir, veo esencial apuntar que el dominio europeo a lo largo de buena parte del mundo trajo consigo la desaparición de la mayor parte de las tradiciones políticas e intelectuales de los espacios que fueron dominados. Hoy en día, estos espacios que fueron colonizados, asumieron los modos de pensamiento nacidos en Europa y, por ello, podemos decir que son prácticamente universales y el fenómeno actual de la globalización acrecienta esta situación. Por tanto, las tradiciones intelectuales de Asia meridional, escritas en su momento en sánscrito, persa o árabe, a día de hoy son poco más que motivo de investigación histórica.

Evidentemente estos países siguen conservando elementos culturales autóctonos, y estos son especialmente poderosos en el ámbito popular. En el caso de la India es especialmente relevante el sistema de castas, pero estos fenómenos están retrocediendo ante el constante y progresivo proceso de globalización que homogeniza la cultura en todo el mundo; por tanto, buena parte de los valores, ideales y formas de pensamiento que tuvieron su origen en Europa o Estados Unidos han sido asumidos por estos países. Posiblemente, veremos cómo paulatinamente estos espacios irán aportando una mayor cantidad de elementos a esa cultura global, debido a que nos encontramos en un mundo conectado, que ya no es unidireccional. Antes, la metrópoli lanzaba sus ideas a los territorios colonizados pero, ahora, la libertad política permite que unos y otros se influyan mutuamente. Dicho esto, ¿podemos decir que sea tan relevante la cultura de una región como base para el conflicto si buena parte de su tradición ha desaparecido? No es algo que esté ocurriendo, sino algo que, lamentablemente, ya ha pasado.

Huntington entiende que existe un enfrentamiento o un conflicto entre una llamada civilización europea, la universal, contra el resto de civilizaciones del mundo. Establece que no debemos basar nuestra visión del mundo en modelos de desarrollo económico, político o social, pero sí hace énfasis en el grado bajo el cual una determinada cultura se acerca a una concepción universal, pero para él, decir universal es decir, sencillamente, europeo o estadounidense y no plantea la posibilidad de que otras culturas puedan realizar aportes a esa universalidad. Resulta, un tanto complicado entender esto si consideramos que todos los modelos políticos, sociales o económicos vigentes en el mundo en la actualidad han nacido en ese Occidente del que habla Huntington y valores tan elementales como los Derechos Humanos rigen, por ende, el pensamiento de la mayor parte de la población del mundo.

Si existe un Occidente, debe establecer quiénes son los otros y, para ello, divide el planeta en diferentes civilizaciones. En palabras del propio autor, podríamos decir que «Una civilización es la organización cultural más alta de personas, y el nivel de identidad cultural individual más amplio» (Huntington, 1993, p. 23) y esas civilizaciones se diferencian por su idioma, por su historia, por su tradición y por su religión. Esto puede parecernos correcto porque podríamos decir que hay importantes diferencias entre países o continentes, pero, mirando con lupa todo esto, para el autor, tanto Europa como Estados Unidos conforman una civilización, la occidental. Ello lo justifica diciendo que comparten la misma visión del mundo, una región (el cristianismo) y unas tradiciones de origen europeo pero, en cambio, resulta muy curioso ver cómo América Latina no forma parte de ella. Para Huntington, lo fundamental es que países como México se han definido por su antagonismo con Estados Unidos y, al aceptar entrar en la zona de Libre Comercio de América del Norte, hoy en día a debate por la administración Trump, los mexicanos han redefinido su identidad y se han acercado a la civilización occidental. Esto, en el fondo, roza el esperpento debido a que el idioma predominante en México es el español y el cristianismo es su religión principal, por lo que  deberían ser occidentales si consideramos los postulados iniciales de Huntington.

Podríamos dudar de esto si consideramos que la cultura popular de México es tan rica y diversa que ya con ello tenemos un motivo más que justificado para sacar a este país de Occidente, pero, si el sentido del concepto de civilización es que es «la organización cultural más alta de personas», ¿a qué está apelando en este caso? A simple vista, al desarrollo económico y a un conflicto tradicional entre ambos, pero, en realidad, sobre México está vertiendo su visión y sus prejuicios a la hora de escindir este país del resto de Occidente, pues los aspectos culturales de interés para  Huntington no son muy distintos de los que podemos ver en España o Italia, países que para él sí son occidentales; quizás porque forman parte de la OTAN.

¿Entendemos entonces que ser occidental es sinónimo de estar aliado con los Estados Unidos?

Para el autor, es difícil que surja el enfrentamiento dentro de una civilización, porque su cultura común genera un entendimiento y una fluidez en las relaciones que permite que rápidamente se llegue a los acuerdos deseados para impedir el conflicto. Esta idea hace que sea muy difícil encontrar una guerra entre un país occidental frente a otro occidental, o entre un país eslavo frente a otro eslavo, o al menos, eso pensaba Huntington cuando en los noventa estableció lo siguiente:

«En 1991 y 1992, mucha gente se alarmó por la posibilidad de un conflicto violento entre Rusia y Ucrania por motivos territoriales (Crimea en particular), por la flota del Mar Negro, por las armas nucleares y por los asuntos económicos. Si la civilización es lo que cuenta, sin embargo, las probabilidades de violencia entre ucranianos y rusos deberían ser escasas. Ambos son pueblos eslavos, principalmente ortodoxos, que han mantenido estrechas relaciones durante siglos. A principios de 1993, a pesar de todos los motivos de conflicto, los dirigentes negociaban eficazmente y atenuaban los problemas entre ambos países» (Huntington, 1993, p. 30).

Ni que decir tiene que la realidad es mucho más compleja de lo que plantea este autor y, lamentablemente, hemos sido testigos de los conflictos surgidos en Ucrania en los últimos años. Los intereses económicos, políticos y las luchas de poder por el control de espacios y por influir en una región son más poderosos que una idea tan ambigua como puede ser esa llamada civilización.

Esta consideración también nos lleva a hablar de la civilización que generará los mayores conflictos en el siglo XXI, que, según Huntington, será la islámica. Ciertamente, es innegable que hay a día de hoy conflictos de toda índole en relación a este punto, pero englobar todos los problemas dentro de un llamado conflicto entre civilizaciones resulta simplista, debido a que no consideramos la ausencia de conflicto en, por ejemplo, aquellos países que han apoyado a Estados Unidos como Arabia Saudí o Marruecos. Ponemos el énfasis en aquellos que sí han sido problemáticos, ya sea porque han sido invadidos y ocupados por ejércitos extranjeros (Afganistán e Irak, por ejemplo) o porque se han vistos inmersos en una guerra civil de una profundidad catastrófica pero, en esta, son tantos los intereses extranjeros en juego, son tantas las influencias e intereses internos que simplificar esta cuestión hasta tal punto es un reduccionismo inútil. No es mi pretensión responder a la problemática del mundo islámico en este artículo, pero espero haber demostrado que resulta absurdo seguir hablando en esos términos.

Todo esto han llegado a plantear la utilidad misma del concepto de civilización. Dicho esto, aunque veo muy discutibles los postulados de Huntington, ello no le resta atractivo a su trabajo, sino todo lo contrario, pues veo esencial conocerlo para saber cómo ha sido enfocada la política internacional de los últimos años por parte de países como Estados Unidos. De hecho, hasta cierto punto, podríamos decir que esta perspectiva política ha permitido a los norteamericanos mantener una política de bloques y justificar, en cierta medida, la existencia de la OTAN tras la caída de la URSS…

Cuando hablamos de civilizaciones, no estamos hablando de cómo es realmente el otro sino de la imagen que ha sido volcada sobre ese espacio geográfico. Por eso, resulta tan sumamente ambiguo y erróneo hablar con estos conceptos, ya que entramos en una retórica de un simplismo radical y que nos lleva al error constante cuando analizamos y pensamos en los problemas que pueden existir en el ámbito internacional. Seguirá habiendo conflictos, pero no podemos decir que la raíz de esta sea fundamentalmente cultural, sino de una compleja red de relaciones de índole económica, política, estratégica y de poder. La justificación de estos conflictos puede ser cultural y lo cultural también puede jugar un papel en esta gran red de relaciones, pero, si lo escindimos de lo demás, tan sólo construimos castillos en el aire y volcamos, sin darnos cuenta, prejuicios basados en nuestro desconocimiento.

 

Bibliografía

Huntington, Samuel (1993). «Choque de civilizaciones». En Foreign Affairs. 72, 3. Pp. 22-49.

Ramos, Ramón (2015). «Zapatero defiende la “vigencia” de la Alianza de Civilizaciones». En El Mundo. Recuperado de http://www.elmundo.es/andalucia/2015/04/28/553fb17f22601de3258b4574.html

Said, Edward (1990). «Introducción». En Orientalismo. Pp. 19-49. Libertarias.

 

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