La grapadora

Fotografía de Miguel Parra.

Por Juan Manuel López Muñoz

La relación entre el ser humano y el entorno, sea éste artificial o natural, aún está insuficientemente descrita, pese a los progresos de la antropología ecológica, de las ciencias cognitivas y de la filosofía y las ciencias del lenguaje posestructuralistas. Poco a poco somos más conscientes, eso sí, de que el humano es parte integrante del entorno al mismo nivel que los elementos no humanos (animados e inanimados) y no la parte central o preferente del mismo. Entre los elementos del entorno, los objetos de fabricación humana, nuestros artefactos, sirven quizá mejor que otros como ejemplo para mostrar la continuidad entre lo que somos y lo que no somos.

En este sentido, una simple grapadora como ésta de la foto es un artefacto particularmente parlante.

Sabemos que los artefactos poseen, además de su funcionalidad para realizar un determinado trabajo manual, una cierta disponibilidad para la actividad lingüística (F. Dervin y M.A. Paveau 2012) [1]: desde el balde y el yesquero hasta esta grapadora, se trata de artefactos impregnados de recuerdos de aprendizaje de su manejo a través de la observación, de la práctica y sobre todo a través del lenguaje. Pues no hay actividad humana que no esté articulada, de un modo u otro, al lenguaje. El grado de disponibilidad de los artefactos para la actividad lingüística varía de uno a otro: es más perceptible, seguramente, en un ordenador o un teléfono que en una pala o en un rastrillo. Todo depende de lo que podríamos llamar «el diseño lingüístico» de los objetos y de nuestra capacidad personal para reconocerlo.

En el caso de la grapadora, podemos ver que tiene boca y dientes en forma de ganchos, usados para fijar una cosa a otra, generalmente un papel a otro. Así, cabe pensar que una grapadora no sólo tiene boca, sino que también habla. En efecto, establece, con su «mordisco», un ensamblaje entre al menos dos documentos escritos y también, más importante aún, un orden de lectura. La grapa fija el texto y a la vez queda fijada al texto, a diferencia del clip, que también habla, pero dejando una menor huella. La grapa hace, por decirlo de otro modo, que los textos marcados por ella permanezcan juntos, se entiendan y se lean juntos, en un determinado orden.

Una grapadora sigue siendo, a pesar de los avances tecnológicos, un objeto imprescindible en los escritorios, en las escuelas, en los juzgados y en todos esos espacios institucionales donde se producen, leen, evalúan y almacenan documentos escritos por distintos motivos. En esos entornos, la disponibilidad lingüística de tal artefacto es bastante evidente. Pero no siempre fue así, pues parece ser que originariamente, las grapas, cuyo nombre procede del germánico *krappon «gancho», se usaban en el cultivo de la vid, para la recolección de la uva. Es difícil saber si la funcionalidad lingüística de las grapas estaba ya presente en la mente de los antiguos viticultores; en cualquier caso, es una prueba más de la relación entre la agricultura y la escritura, entre el ser humano y el entorno.

 

[1] Fred Dervin, Marie Anne Paveau (dir.), Quelle place pour les objets dans les sciences du langage et les sciences de la communication?, Synergie Pays Riverains de la Baltique, n. 9, (disponible en línea).

 

Redacción de la Revista La Andalucía

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