El cante de Carmen Linares

 

José A. Martínez Bernicola

Archivo de Triste y Azul: Flamencos Cabales en la Red.

Argumentaba J. P. Sartre que la conciencia es siempre intencional y que llegamos a cobrar conciencia de los objetos en el curso de las acciones convirtiendo, pues, la conciencia en una actividad creadora. Carmen Linares es un fehaciente ejemplo de la propuesta sartriana: conciencia y creación caminan inseparables en esa romería (sin final) que ella ha protagonizado por los caminos del cante jondo.

Desde las infantiles señas del hogar materno, le vienen inyectadas las pautas canónicas de la belleza. Escuchó cante y guitarra y, al paso del tiempo, fue acrisolando un artesano aprendizaje, iniciado en las líneas menos brillantes de la escenografía flamenca y resuelto en la antología de cante más hermosa que jamás se ha grabado: La mujer en el cante.

Hay en Carmen Linares todo un tratado arquitectural en torno a la belleza expresiva que no tengo más remedio que asociar a las audiciones que tengo hechas de la «Madre de los árabes», la egipcia Om Kalsoum o la humanizada cariátide griega Eleftheria Arvanitaki. Coincide en ellas una pasión no centrípeta de la cultura movilizada por sus proporciones exteriores, entregada a los ajenos como terapia para el reencuentro con la vida.

En el caso de Carmen, su compromiso con el «eros/vida» flamenco se aplica a la constante búsqueda por el paso adelante y en la desenvoltura con que bebe la curiosidad por la obra bien hecha, siempre de la mano de Miguel Espín, actitud inmediatamente comprobable en la recreación flamenca que hiciera de las Canciones Populares Antiguas grabadas en 1931 por «La Argentinita» y García Lorca, vivo monumento al sentido dinámico de un servicio a la cultura popular.

Y en ese desafío del no acomodo al territorio interior, ese que divide al mundo en categorías organizadas, parapetos bíblicos cuando su sacralización clona la primera creación original, Carmen recupera la forma transicional distintiva de los momentos más fructíferos en la historia del cante: «El deber no es estar allí donde estamos siempre y de siempre. Debemos aprender a ver en lo que nos es próximo lo extremadamente lejano y viceversa» (V. Vitiello). Por eso trabajó con Irene Papas, fue dirigida por Frühbeck de Burgos, cantó a Falla, inspiró a Víctor Ullate, nos repuso en la conciencia otra vez a Federico, aquél que asesinaron en Viznar, cuajando el toque de Sanlúcar y le otorgaron el Premio Nacional de Música. Conciencia creadora, lúcida habitante del territorio flamenco, universal dominio de los estilos y una voz para estremecer las entretelas nos acompañan esta tarde en la «Galería de saetas».

 

Este artículo pertenece al archivo de Triste y Azul.

La Andalucía recupera el archivo de Triste y Azul: Flamencos Cabales en la Red.

Desde La Andalucía, vamos a rescatar las crónicas, los trabajos de investigación y el archivo completo de Triste y Azul: Flamencos cabales en la red, uno de los primeros espacios de Internet dedicado exclusivamente al flamenco.

Triste y Azul fue fundado por Manolo Chilla desde Buenos Aires, tierra que acogió a este jerezano forzado a emigrar en 1953. «Lolo» encontró en el flamenco una vía de comunicación con su tierra, Andalucía, desarrollándose como crítico e investigador flamenco. Rescatamos el archivo de Triste y Azul, perdido en la red durante estos últimos años, en homenaje a Manuel Chilla González, fallecido en Buenos Aires en septiembre de 2015, y a todos los que lo hicieron posible, sus colaboradores y sus técnicos.

Redacción de la Revista La Andalucía

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