Cuando entra el taró, Nerja

Por Miguel Bueno Jiménez – Piedra

 

En Nerja, taró es la niebla que nace en el mar con la calma de levante y va invadiendo la costa en un abrir y cerrar de ojos, para posarse en tierra y levantarse como por encanto.

Según algunos, «taró» es una palabra fenicia que hemos heredado en la costa de Málaga y que, a pesar de los siglos trascurridos, aún no recoge el diccionario de la Real Academia de la Lengua.

Días de taró. Nerja

Mi niña, entre la bruma, soñaba ayer con el taró de Almijara, esa niebla que subía por el río de La Miel y llegaba a los pies del cortijo Mariquita Vela, donde mi madre siempre me contaba el mismo cuento: «pues señor, esto era una vez…».

Con el taró, se iniciaba el canto de las sirenas de los barcos, como un lamento al no poder ver el horizonte, y los motores de las traíñas hacían tal eco en la misma niebla que pareciera salir de la sierra en lugar de la mar.

A veces llegaba a perderse incluso el perfil de los olivos y, en esos casos, Dolores cogía la gran caracola marina que siempre estaba en el alféizar de la ventana y soplando con todas sus fuerzas, sacaba de ella un lamento largo que viniese a contestar el que nos llegaba del mar.

Los dos perros, León y Canela, quedaban inmóviles junto al escalón de la puerta, conocían muy bien que no podían entrar en el cortijo, pero se acercaban lo más que podían al umbral, por si los quejidos de la mar trajesen algún peligro.

En un momento, después, como por encanto, el taró desaparecía, empezaba a verse el perfil de las colinas frente a la casa, algunos olivos recortados sobre la misma niebla y por último con toda claridad, la viña con la antigua calera donde ahora retozaban las crías del zorro, ajenas al taró, a los barcos y al canto de la caracola. 

Con el sol, volvía el ajetreo de la vida, los perros a lo suyo, cazar saltamontes o hacer como que los cazaban mientras correteaban por la era. Frasquito aparejaba a Romero, el mulo noble que nunca protestó y siempre estaba dispuesto para trabajar. Le colocaba las pedreras, pero en este caso era para llevar las cántaras de agua a llenar en la fuente Garcelán, cerca del río de La Miel. 

Nosotros nos dedicábamos a reparar nuestra escopeta, hecha con los tallos del hinojo, para, con unos balines del mismo material, ir cazando lagartijas del muro, que cuando salía el sol tanto se cubría de ellas. Era difícil errar el disparo, claro, éramos de fácil conformar y con los rabos nos dábamos por satisfechos.

Ayer en el Balcón de Europa, pude disfrutar de como el taró desde la Punta de la Mona iba invadiendo los acantilados de Maro y Cerro Gordo y al llegar al pueblo se disipaba en un «volao».

 

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Este artículo fue publicado en el espacio personal de Piedra

Redacción de la Revista La Andalucía

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