Nacionalismos

Fotografía de Secretolivo

 

Héctor J. Lagier

Andalucista militante

De nacional e —ismo.

  1. m. Sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia.
  2. m. Ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse como Estado.

Esta es la definición que el DRAE nos da para el término «nacionalismo», pero ¿son todos los nacionalismos iguales?, ¿es igual el nacionalismo de un patriota estadounidense que el de un independentista corso?, ¿era igual el nacionalismo de Hitler o Mussolini que el de Nasser o Castro?, ¿es el mismo nacionalismo el de un bretón que el de un serbio?

Evidentemente no; la gran mayoría se empeña en utilizar esta etiqueta sin distinciones, metiendo en el mismo saco conceptos, en algunos casos, diametralmente diferentes, posiblemente porque interesa hacerlo así, porque interesa mezclar posiciones claramente antagónicas y en muchos casos, totalmente criticables para denostar a otras variables ideológicas nacionalistas inspiradas por parámetros diferentes.

A grandes rasgos, los nacionalismos emergen en el siglo XIX, bajo dos corrientes fundamentales: los nacionalismos de raíz étnica que inspiraron los movimientos fascistas del siglo XX y los nacionalismos liberales, populares o cívicos que inspiraron las revoluciones liberales del XIX y los movimientos de liberación nacional y antiimperialistas del siglo XX. Como podemos observar, bajo ese término de nacionalismo se cobijan posturas absolutamente contrapuestas.

Del etnocentrismo al racismo hay un camino muy corto que es necesario acotar claramente, sin embargo, si es evidente que un pueblo puede tener una identidad propia, sin caer en posturas supremacistas, todo depende de las bases de esa identidad. En el caso andaluz, esa identidad, mantenida durante siglos a pesar de no haber tenido estructuras político administrativas propias y ni tan siquiera movimientos políticos mayoritarios defensores de esta, se basa en los siguientes parámetros fundamentales:

  • Una identidad cultural no impulsada por las élites dirigentes económicas o políticas sino por las clases más populares, en todas sus expresiones.
  • No es una identidad exclusiva o contradictoria con otras.
  • No es excluyente o xenófoba.

De esta identidad, nace el movimiento político nacionalista andaluz, llamado andalucismo, que tiene unas connotaciones propias que lo hacen diferente, posiblemente único, dentro de los llamados nacionalismos. Como nacionalista andaluz, como andalucista, me niego a que me metan en el mismo saco que otros nacionalismos con los que en absoluto me identifico.

Para expresar los fundamentos del andalucismo como ideología nacionalista, antes que parafrasear a otros, prefiero reproducir literalmente lo que alguno de sus ideólogos han escrito.

José Mª de los Santos López, 1936-1990, sacerdote salesiano, sociólogo. Del libro Andalucía en la revolución nacionalista, 1979, escrito antes del referéndum de aprobación de la Constitución, con algunos párrafos que siguen manteniendo total actualidad:

«En resumen, existen dos modos de concebir la realidad nacional: el nacionalismo ideológico-mítico, absorbente y particularista, favorecedor de privilegios, imperialismos y colonialismos internos y externos, modelo burgués, y el nacionalismo real-popular, universal y concreto, que pretende la superación de las clases y la abolición del dominio de unos pueblos sobre otros. El nacionalismo mítico-burgués, mantendrá un espíritu provinciano mezclado con alardes internacionalistas; el nacionalismo popular logrará dialectalizar la tensión nacionalismo-internacionalismo demostrando teórica y prácticamente la interdependencia dialéctica de ambas dimensiones del fenómeno humano.

[…]

El problema peculiar que presenta España en este contexto es el de que las dos nacionalidades más ricas (Cataluña y País Vasco) concentran juntas una parte considerable de la riqueza española, constituyendo un expresivo indicador de la concentración selectiva que origina el modo de producción capitalista. Ambas regiones representan al mismo tiempo el mayor índice de reivindicación autonómica, presionando al Estado para que éste les transfiera aquel conjunto de transferencias que necesitan para resolver los ingentes problemas que tienen planteados a todos los niveles.

El problema posee unas connotaciones ideológicas que se concretan en la distinción que trata de establecerse entre “nacionalidades” y” regiones”, otorgando a las primeras rango de verdadera autonomía, y concediendo a las segundas, estructuras de simple descentralización administrativa. De mantenerse este equívoco —que corre el riesgo de institucionalizarse en el texto de la futura Constitución— se estaría fomentando la patológica concentración de poder y de conflicto que el capitalismo de los últimos cuarenta años ha creado en el triángulo Madrid-Barcelona-Bilbao, condenando a situaciones de subdesarrollo y dependencia al resto de las regiones.

[…]

Entendemos que ha llegado la hora de asumir la “obediencia andaluza”, en el sentido de consolidar la “vía andaluza al socialismo” sobre la base de un programa común de la izquierda andaluza, y teniendo como protagonista al pueblo andaluz. La creación de un “poder popular andaluz” es la primera meta a alcanzar, como expresión de la existencia de una conciencia popular operativa que establezca las bases de una verdadera autonomía para el sur. El proceso está en marcha y creemos de modo irreversible».

José Aumente Baena (1922-1996). Psiquiatra y ensayista. Nacionalismo andaluz, 1980. En estos párrafos, encontramos desde respuesta al fenómeno Trump hasta la explicación del andalucismo como ideología antisistema:

«Para nadie es un secreto que el nacionalismo, históricamente, ha servido a los intereses de la burguesía. Primero nació en la formación del Estado burgués, capitalista, frente a lo que era el orden feudal. Fue una ideología positiva entonces, al servicio de una nueva clase en ascenso, la burguesía que necesitaba romper las amarras que impedían el desarrollo de las fuerzas productivas… Más tarde, degeneró ya en una ideología claramente alienante, cuando surgen las repetidas crisis del capitalismo, y es necesario ocultar las contradicciones del mismo mediante el manto protector de un chauvinismo nacionalista que olvide los intereses de clase. Aparece cuando la descomposición y crisis del orden burgués exige el totalitarismo fascista como camisa de fuerza que lo sostenga; adopta la fórmula de una dura represión interior, un belicismo exterior, y una cortina de humo retórica y espiritualista. En sus tres etapas, por tanto, está claro que sirve a los intereses de la burguesía.

Y, sin embargo, también es cierto, que en determinadas coyunturas históricas un nacionalismo de tipo “populista” ha desempeñado un significativo papel progresista. Pensemos en los nacionalismos de los pueblos oprimidos; en los “movimientos de liberación nacional”. Pensemos en los nacionalismos de Cuba, Argelia o el Vietnam. Debemos pensar, por tanto, que el nacionalismo como ideología, en sí mismo, ni es bueno ni es malo. Es un instrumento político que lo mismo puede ser progresista que reaccionario; lo mismo puede dinamizar el cambio social que ser utilizado como “opio del pueblo”. De hecho el propio Marx, incluso Lenin, lo vieron en buena parte así.

Pero hay más: la tesis que yo mantengo es que el nacionalismo puede suponer, en unas determinadas condiciones de estructura socio-económica, una necesidad objetiva, no sólo para los intereses de las clases trabajadoras, sino para la posibilidad, también objetiva, de un cambio social. Y, en concreto, el nacionalismo andaluz es la ideología potencialmente más “revolucionaria” que hoy puede ofrecerse en la coyuntura política y socio-económica de nuestro país».

Enrique Iniesta Coullaut-Valera (1930-2010), escritor, historiador y sacerdote escolapio. Blas Infante. Toda su verdad 1931-1936. En esta biografía, escribe sobre el nacionalismo de Infante lo siguiente:

«La personal convicción bakuninista de Infante, su ramalazo anarco, influyeron medularmente en su peculiar nacionalismo, apostillaba que “internacionalista”».

Blas Infante Pérez (1885-1936), ensayista, notario y político andaluz. Padre de la Patria Andaluza. La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado libre de Andalucía, 1932.

« […] Los andaluces enseñaban un Estatuto, en el cual se leía: “En Andalucía no hay extranjeros”;…el lema de aquella empresa no era, ni el de “Cataluña por y para los catalanes”, ni algún otro de esencia pareda, cuyo significado ya hube de exprecisar más arriba: “Andalucía por sí, España y la Humanidad”. Es decir se trataba de un regionalismo o nacionalismo internacionalista, universalista. Lo contrario de todos aquellos nacionalismos inspirados por el Principio Europeo de las nacionalidades. Más claro. Se trataba de una paradoja: los nacionalistas andaluces venían a defender un nacionalismo internacionalista».

Zaragoza, enero de 2018.

Redacción de la Revista La Andalucía

Deja un comentario