El cantor no se detiene

 

Daniel Vila

El pasado sábado 25 de noviembre, en la sala Clamores de Madrid, Rafael Caballero, natural de Jerez de la Frontera, volvió a hacer sonar su garganta sobre el cielo incorregible del arte. Esa garganta con arena que contiene toda la sangre de nuestra tierra.

Somos los libros que leemos, la música que escuchamos. Nuestra forma de vida es una forma de declaración política. John Lennon afirmaba: «El rol de un poeta o de un artista, es tratar y expresar lo que todos sentimos. No decirle a la gente cómo se debe sentir. No como un jefe o como un líder, sino como una reflexión para todos nosotros». Para Leonard Cohen, el futuro no era un gran lugar para hacer planes, puesto que todo tipo de ideales habían sido ultrajados. Pasarán las modas y caerán los imperios, pero la música seguirá ahí. Decía Luis Eduardo Aute que lo malo de las verdades como templos es que, con el tiempo, se convierten en verdades como puños y pistolas. Las canciones son lo opuesto a la equidistancia. También son un refugio para la tormenta. Elegimos a nuestros artistas favoritos por una suerte de azar. La primera vez que escuché a Rafa Caballero, su música me hipnotizó. No pensé en ello, simplemente me enamoré de su música.

Trafalgar

A estas alturas, y tras dos años de conciertos, la gira ha sido todo un éxito y el proyecto emprendido en el lejano 2015 se afianza como el más satisfactorio en el que el músico jerezano haya estado embarcado. Trafalgar será recordado como el álbum bisagra. El cambio y la celebración. El pulso de la luz sobre la oscuridad. Parafraseando a María Zambrano, la música es el despertar del hombre. Pues bien, Trafalgar es el horizonte del poeta fértil. La música es libre y para degustarla, no hace falta nada más que dejarse llevar por los sentidos. Trafalgar es cocina gourmet. Un disco con canciones cocinadas a fuego lento en fogones delicados y con los mejores productos posibles. No se trata de comparar este trabajo con ninguno anterior. Simplemente de disfrutarlo como se merece. El consenso no existe. El placer, sí.

En una entrevista que me fue concedida a finales de 2015, Caballero daba pista sobre el futuro cercano: «He vuelto a las andadas. Estoy centrado en la composición libre. Intentando evadirme del amor y sus malos consejos. El disco que preparo en Madrid es un pequeño recopilatorio de los temas que mejor han funcionado estos años. Hay algún tema nuevo para el público pero eso no significa que sea actual. Tengo muchas sorpresas en el cajón. La idea es darle un giro al estilo. Aprovechar canciones que funcionan pero huérfanas de discos y aunarlas en una obra completa. Época de cambio y de nuevos sonidos. Tampoco quiero llamarlo recopilatorio porque hay mucha gente a la que llegar. No pienso en los corazones conquistados, pienso en todos los que me quedan por conquistar. Me reinvento. Ahora me apetece sentarme a cantar y hacer que la gente se siente a escuchar, tanto las historias como la música. Mimar las canciones más que nunca. Para ponernos en situación, es algo parecido al directo de la Sala Paúl en 2012 pero sin guitarras, con más peso de percusiones, un bajo muy colorido y un piano dueño y señor. La idea para el directo es recuperar mi repertorio olvidado. Quiero rescatar algún tema de repertorios pasados y recopilar algunas versiones del pueblo latinoamericano que son de mi devoción». Respecto a la banda, no reparaba en elogios: «Estoy rodeado de cuatro compañeros de un talento musical envidiable. Alfredo Martín, amigo y escudero de la tierra de Camarón, batería y cajón son sus armas. Alberto Román al bajo, se ha instalado en Madrid, procedente de Londres. Me alegro de tenerlo cerca porque, además de ser un músico genial, es jerezano como un servidor. Rayco Gil, compañero de locales de ensayo, canario y con un conocimiento de las percusiones tremendo, y el rompededos Pierrick Reglioni, francés, pianista culto y de culto, jazzero y amante del folclore hispanoamericano».

Cartel del concierto de Rafa Caballero en Clamores.jpg

El público congregado sabe que es una fecha especial. En Clamores comenzó la gira Trafalgar y, dos años después, en Clamores acabará. Durante dos horas, la atmósfera de la sala se envolvió por la bossa nova y el lounge jazz. Rodeado de unos músicos de excepción (Alfredo Martín en batería, palmas y coros; Rayco Gil en percusiones y palmas; Alberto Román en coros y bajo; Pierrick Reglioni en piano y coros) e invitados de fuste (Pablo Tejada, Dani Cardiel y La Chocolata), fue ofreciendo un recital sólido de medios tiempos, rancheras y boleros con aires jazzísticos y sabor flamenco.

En el tablao cañí de Clamores, don Rafael Caballero se siente como en su casa. El respetable espera a su ídolo sonriente y expectante, permeable a la emoción del momento. Se respira en el ambiente que es un recital diferente, que se cierra una etapa, que se ensaya una despedida por la puerta grande hacia los mares del sur.

Imagen promocional de Trafalgar

La frontera de los treinta alcanza a Caballero en un espléndido estado de forma en lo profesional y en lo personal. Banda perfectamente engrasada, un ramillete de virtudes donde destaca la creatividad acompasada de unos músicos superdotados que brillan por sí solos sin olvidar acunar el canto del versador, de estilizar su impagable garganta.

Por dos horas, el público conformó una familia sin filiación. Ni tribu. Ni sindicato. La comunicación del artista con su público fue total. El público pagó su entrada, pero él dio algo mucho más difícil de dar, su corazón. No todas las tardes del sábado disfrutas de la música así. Te sientes un privilegiado. Uno abandona la sala profundamente emocionado y con la convicción de que Rafa Caballero, como Silvio Rodríguez, ha dicho lo suyo a tiempo y sonriente. Nunca estaremos solos porque siempre tendremos una canción para escuchar. Conservaremos en la memoria este instante de gloria y eternidad.

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